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lundi 1 août 2022

La caverna J. Saramago

El hombre que conduce la camioneta se llama Cipriano Algor, es alfarero de profesión y tiene sesenta y cuatro años, aunque a simple vista aparente menos edad. El hombre que está sentado a su lado es el yerno, se llama Marcial Gacho, y todavía no ha llegado a los treinta. De todos modos, con la cara que tiene, nadie le echaría tantos. Como ya se habrá reparado, tato uno como otro llevan pegados al nombre propio unos apellidos insólitos, cuyo origen, significado y motivo desconocen. Lo más probable es que se sintieran a disgusto si alguna vez llegaran a saber que algor significa frío intenso del cuerpo, preanuncio de fiebre, y que gacho es la parte del cuello del buey en que se asienta el yugo.

La caverna recrea el mito platónico y lo acerca a nuestros días. La caverna, en los tiempos del fin de la historia y del triunfo global del capitalismo, no es un símbolo de la búsqueda interior de nuestro verdadero ser, sino la representación del triunfo de esa economía y de esa política: un Centro Comercial gigantesco, avasallante, creciente, que se va tragando el entorno  y lo asimila, o engulle. Relata las vicisitudes de un pobre alfarero, trabajador manual y artesano de la arcilla, cuyos productos, poco acordes con el plástico rampante y barato, van a dejar de ser asumidos por el Centro: el fantasma del paro, de la pobreza y de la soledad se cierne sobre el bueno de Cipriano (y su familia: su yerno es guardia de seguridad del Centro) que opta, a la desesperada, por la «reconversión»;  descubrimos que tampoco el esfuerzo de adaptación le servirá de nada, son otros tiempos y sus figurillas de barro y sudor no interesan ; por otro lado, el Centro da a la familia, a través del yerno, la posibilidad de ser fagocitados como personal residente dentro del complejo: se trata de un Centro-ciudad, en el que hay seguridad, diversión y realidad virtual garantizadas, y hasta cementerio. Se llega así al desenlace del descubrimiento de la «verdadera» caverna de Platón, en las catacumbas del Centro, hallazgo que alienta la huida del mismo y la busca del amor y la luz. 


vendredi 24 juillet 2009

El viaje del elefante José Saramago

Quiera dios que no sea necesario darles uso, pensó el oficial, preocupado con la posibilidad de que la entrega de salomón pudiera desencadenar, por falta de tacto a un lado o a otro, un casus belli. Tenía bien presentes en la memoria las palabras del secretario pedro de alcáçova carneiro, también las explícitas, claro, pero sobre todo las que, pese a no haber sido escritas, se sobrentendían, es decir, si los españoles, o los austriacos, o unos y otros, llegan a mostrarse antipáticos o provocadores , deberá procederse en conformidad. El comandante no conseguía imaginar bajo que pretexto los soldados que venían de camino, fueran ellos españoles o austriacos , se podían mostrar provocadores, ni siquiera antipáticos. Un comandante de caballería no tiene las luces ni la experiencia política de un secretario de estado, por tanto hará bien en dejarse guiar por quien más sabe, hasta llegar, en caso de que llegue, la hora de la acción. (Pág. 118 de 270)

mercredi 18 juin 2008

Las pequeñas memorias de Saramago

Aprendí a leer con rapidez. Gracias a los cuidados de la instrucción que había comenzado a recibir en la primera escuela, la de la calle Martens Ferrao,..., pasé , casi sin transición, a frecuentar de forma regular los niveles superiores de la lengua portuguesa en las páginas de un periódico, el Diario de Noticias, que mi padre traía todos los días a casa...Obviamente, no podía leer de corrido el ya entonces histórico matutino, pero una cosa tenía clara: las noticias del diario estaban escritas con los mismos caracteres cuyos nombres, funciones y mutuas relaciones estaba aprendiendo en la escuela. De modo que, apenas supe deletrear, ya leía, aunque sin entender lo que estaba leyendo. Identificar en la lectura del periódico una palabra que conociera era como encontrar una señal en la carretera diciéndome que iba bien, que seguía la buena dirección.