Si llegas a Santander en tren o en autobús y te diriges hacia el pasaje de Peña, el túnel que conecta la plaza de las Estaciones con el centro de la ciudad, te encuentras un bonito bibelot de diez metros de altura. Para verlo hay que levantar los ojos; si no, puede pasar desapercibido. Es una escultura policromada. Representa a una mujer vestida de rojo que mira por un catalejo. A mí me gusta mucho, aunque me parece un poco
kitsch. Seguramente el
kitsch sólo esta en mi mirada. La escultura se instaló en 2010 y es obra del artista portugués Baltazar Torres. Según el catálogo en línea del museo de arte moderno y Contemporáneo de Santander, Torres quiso identificar y condensar la esencia del lugar donde se erige, la rampa de Sotileza.
Santander es la ciudad portuaria que le volvió la espalda a su puerto. Es la ciudad que resurgió dos veces de sus cenizas. Fue enclave del veraneo elegante, culto y cosmopolita. Es a la vez moderna y tradicionalista, elitista y raquera, clasista y aspiracional. Ciudad escenográfica, siempre hermosa y arreglada, disimula su tramoya para asomarse a la bahía más bella del mundo. Todos los lugares comunes recogidos en este libro son espacios físicos y representaciones mentales que forman parte de un repertorio común nos dicen algo acerca de Santander. Cumplen así una de las funciones principales del cliché: nos permiten iniciar una conversación.
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