La escopeta nacional J.Echanove
La dirección de Echanove apuesta por la abundancia. El escenario se llena de cuerpos, voces y movimientos en una permanente sensación de actividad. Cerca de una veintena de intérpretes y músicos comparten espacio para recrear el bullicio característico del universo berlanguiano, ese ruido de fondo donde conversaciones, intereses y conflictos se superponen hasta conformar una imagen colectiva.
Sin embargo, el resultado apenas trasciende la condición de reproducción. Lo que se escucha y se ve recuerda a una grabación recuperada de otra época más que a una obra capaz de dialogar con la actualidad. Falta frescura, espontaneidad y, sobre todo, la sensación de riesgo que hacía vibrar el material original. Los chistes, las sátiras, las hipérboles y los esperpentos conservan intacta la fecha de su concepción, pero su representación actual no resulta eficaz. El mecanismo se percibe, pero rara vez se activa. Algo parecido ocurre con los elementos que nos han de trasladar a esa finca en la que se reúnen personajes variopintos para celebrar una cacería. La escenografía de Isi Ponce y el vestuario de Tania Tajadura, por ejemplo, resultan solventes, aunque se contemplan con distancia, como piezas de museo cuidadosamente restauradas. Todo está donde debe estar, pero pocas veces sucede algo que justifique su regreso.
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