Antonio José Bolívar Proaño vive en El Idilio,
un pueblo remoto en la región amazónica de los indios shuar (mal
llamados jíbaros), y con ellos aprendió a conocer la Selva y sus leyes, a
respetar a los animales y los indígenas que la pueblan, pero también a
cazar el temible tigrillo como ningún blanco jamás pudo hacerlo. Un buen
día decidió leer con pasión las novelas de amor -«del verdadero, del que hace sufrir»- que dos veces al año le lleva el dentista Rubicundo Loachamín
para distraer las solitarias noches ecuatoriales de su incipiente
vejez. En ellas intenta alejarse un poco de la fanfarrona estupidez de
esos codiciosos forasteros que creen dominar la Selva porque van armados
hasta los dientes pero que no saben cómo enfrentarse a una fiera
enloquecida porque le han matado las crías. Descritas en un lenguaje
cristalino, escueto y preciso, las aventuras y las emociones del viejo Bolívar Proaño difícilmente abandonarán nuestra memoria. Hermoso
A quoi sert de voyager si tu t'emmènes avec toi ? C'est d’âme qu'il faut changer, non de climat." (Sénèque) Journal de lecture, de coups de coeur et de coups de gueule.
samedi 19 août 2023
Un viejo que leía novelas de amor L.Sepúlveda
El cielo era una
inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las
cabezas. El viento tibio y pegajoso barría algunas hojas sueltas y
sacudía, con violencia los bananos raquíticos que adornaban el
frontis de la alcaldía. Los pocos habitantes de El idilio más un
puñado de aventureros llegados de las cercanías se congregaban en
el muelle, esperando turno para sentarse en el sillón portátil del
doctor Rubicundo Loachamín. El dentista, que mitigaba los dolores de
sus pacientes mediante una curiosa suerte de anestesia oral. - ¿Te
duele? Preguntaba. Los pacientes, aferrándose a los costados del
sillón, respondían abriendo desmesuradamente los ojos y sudando a
mares.

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