dimanche 18 octobre 2009

Dinastía y Divinidad: Arte Ife de la antigua Nigeria

Capitale et centre religieux du sud-ouest du Nigeria, Ifé est l'une des principales villes qui émergèrent à la fin du premier millénaire à cette latitude.
Les objets en laiton (dit habituellement « bronze ») frappent par leur grand réalisme, même s'il s'agit certainement de portraits idéalisés des rois morts ou Oni. Pour la plupart, ce sont des têtes isolées grandeur nature, parfois des bustes cassés, et exceptionnellement des personnages entiers d'environ 50 cm de haut, couronnés et portant de lourds colliers. Certaines têtes sont ceintes d'un diadème, alors que d'autres ont des perforations sur le pourtour du crâne et parfois sur le cou, sur le menton et autour de la bouche.
Les têtes en terre cuite sont beaucoup plus nombreuses et variées. Leur hauteur s'échelonne de 25 cm à des proportions proches de celles du corps humain. Des corps, entiers ou en morceaux, ont parfois été retrouvés. Les têtes découvertes à Owo portent plus généralement des bonnets à la place des diadèmes et un grand nombre d'entre elles sont bâillonnées. Dans le laiton ou dans la terre, un certain nombre de visages sont incisés de stries verticales parallèles. Parallèlement à ces figures naturalistes ont été produites des têtes humaines très abstraites. Sur un support conique, une bouche est incisée et des yeux figurés par des trous ronds. Plusieurs appendices cornus sortent du sommet du crâne.

vendredi 16 octobre 2009

L’enfant de Noé E.E. Schmitt


Lorsque j’avais dix ans, je faisais partie d’un groupe d’enfants que, tous les dimanches, on mettait aux enchères.
On ne nous vendait pas : on nous demandait de défiler sur une estrade afin que nous trouvions preneur. Dans le public pouvaient se trouver aussi bien nos vrais parents enfin revenus de la guerre que des couples désireux de nous adopter.
Tous les dimanches, je montais sur les planches en espérant être reconnu, sinon choisi.
Tous les dimanches, sous le préau de la Villa Jaune, j’avais dix pas pour me faire voir, dix pas pour obtenir une famille, dix pas pour cesser d’être orphelin.

jeudi 15 octobre 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina Stieg Larsson


Lisbeth Salander desplazó las gafas de sol hasta la punta de la nariz y entornó los ojos bajo el ala del sombrero de playa. Vio a la mujer de la habitación 32 salir por la entrada lateral del hotel y dirigirse a una de las tumbonas a rayas verdes y blancas que se hallaban junto a la piscina. Su mirada se concentraba en el suelo y sus piernas parecían inestables.
Hasta ese momento, Salander sólo la había visto de lejos. Le echaba unos treinta y cinco años, pero por su aspecto podía estar en cualquier edad comprendida entre los veinticinco y los cincuenta. Tenía una media melena castaña, un rostro alargado y un cuerpo maduro, como sacado de un catálogo de venta por correo de ropa interior femenina. Calzaba chanclas y lucía un biquini negro y unas gafas de sol con cristales violetas. Era norteamericana y hablaba con acento del sur. Llevaba un sombrero de playa amarillo que dejó caer al suelo, junto a la hamaca, justo antes de hacerle una señal al camarero del bar de Ella Carmichael.

samedi 26 septembre 2009

El cerebro de Kennedy H.Mankell

Henrik vivía en la tranquila calle de Tavastgatan, apartada de las más transitadas del barrio de Söder. Marcó el código de la puerta prguntándose si seguiría siendo el mismo que la última vez, la fecha de la batalla de Hastings, 1066. la puerta se abrió. Henrik vivía en la última planta del edificio y, desde sus ventanas, divisaba los tejados de las casas y las torres de las iglesias. Además, el joven le había contado, para horror de su madre, que si se dedicaba a fhace equilibrios por la delgada barandilla de una de sus ventanas, podía entrever las aguas del Strömmen.
Llamó al timbre dos veces. Después abrió la puerta. Notó que el apartamento olía a cerrado.
En ese preciso momento, sintió miedo. Allí había algo raro. Contuvo la respiración y aguzó el oído. Desde el vestíbulo se veía la cocina. "Aquí no hay nadie", se animó. Dijo en voz alta que ya había llegado, pero nadie respondió. Desapareció el temor. Se quitó el abrigo y los zapatos. No había ninguna carta ni ningún folleto publicitario en el suelo del vestíbulo, de lo que dedujó que Henrik no se había ido de viaje. Se dirigió a la cocina. El fregadero estaba vacio. La sala de estar aparecía en un orden inusual y el escritorio estaba despejado. Abrió entonces la puerta del dormitorio.

vendredi 25 septembre 2009

El contador de historias de R. Alameddine

Escuchad! Dejad que sea vuestro dios. Dejad que os guíe en un viaje hacia los confines de la imaginación. Dejad que os cuente una historia.
Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra remota vivía un emir en una hermosa ciudad, una ciudad verde llena de árboles y de exquisitas fuentes burbujeantes cuyo susurro arrullaba a los ciudadanos por las noches. Puede decirse que el emir tenía todo cuanto un hombre puede desear, a excepción de lo que más anhelaba su corazón: un hijo varón. Gozaba de riquezas, heredadas y logradas. Gozaba de buena salud y una dentadura fuerte. Gozaba de estatus, encanto, respeto. Gozaba de la adoración de su preciosa esposa y de la admiración de su pueblo. Tenía un pedicuro experto. Llevaba veinte años de matrimonio y doce hijas, pero ningún varón. ¿Qué podía hacer?

lundi 31 août 2009

Ojos de agua Domingo Villar

El inspector entró en la comisaría y se internó por el pasillo que formaban las dos hileras de mesas. Con frecuencia, caminando entre los ordenadores alineados, había tenido la sensación de encontrarse en la redacción de un periódico en lugar de en una comisaría de policía.
Estévez se puso en pie al verle aparecer y le siguió moviendo su humanidad de más de un metro noventa.
Leo Caldas atravesó la puerta de cristal esmerilado de su despacho y echó un vistazo a las diferentes pilas de papeles amontonadas sobre su mesa. Sabiendo que sólo se trataba de una media verdad, se jactaba de ser capaz de localizar cada cosa en aquel aparente desorden de notas y documentos. Se dejó caer en su silla de cuero negro, cansado tras una larga jornada de trabajo, y suspiró sin saber por donde empezar.